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sábado 5 de julio de 2008

Evangelio Misionero del Día: 06 de Julio de 2008

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 11, 25-30

Jesús dijo:
Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Reflexión

Recuerdo que hace un tiempo atrás, solía visitar periódicamente a una mujer muy anciana para llevarle la Eucaristía, ya que ella no podía trasladarse para concurrir a la Santa Misa. Esta señora, que hoy ya disfruta plenamente de la Gloria del Señor, hasta que pudo, fue una mujer muy activa en la vida eclesial de nuestra parroquia, siendo miembro del Apostolado de la Oración y una colaboradora muy activa de Caritas. Pero los años fueron minando su salud, debido a una viudez prematura, que la hizo trabajar duro para criar a sus hijos, de los cuales tuvo que llorar la muerte de uno de ellos, y a una enfermedad muy larga y penosa, que la cegó totalmente, postrándola en una cerrada habitación de su casa, que tuvo que compartir con la familia de uno de sus hijos. Para terminar de describir brevemente la situación, las personas con las que convivía la trataban muy mal, especialmente sus nietos, despreciándola e insultándola constantemente. Triste final de esta señora, no es la vejez que todos soñamos, con un ambiente calmo y alejado de penurias.
Pero así y todo, está formidable mujer, con sus penas y tristezas, cuando escuchaba el llegar de mis pasos con el Santísimo Sacramento, se le iluminaba el rostro y me recibía con una sonrisa casi angelical. Siempre le marcaba este detalle. Si me pidieran que describa a un ángel, le pondría la cara de Doña María, ése era su nombre. Su alegría no se debía a mi persona, aunque siempre tenía palabras de agradecimiento por ejercer el ministerio que en ese momento yo llevaba a cabo, era la terrible convicción de que el que llegaba a visitarla, era Jesús mismo, su Señor y compañero de toda la vida. Todo dejaba de dolerle. Sus ojos comenzaban a ver con los ojos del alma y su corazón no tenía otro sentir que la Alegría mayúscula de sentirse, al igual que Pablo, llegando al fin de la carrera, pero con la firme convicción de saberse querida y amada, por su Salvador. Sus palabras eran de total consolación para mi alma. Porque sus labios contaban un largo camino recorrido de la mano de Jesús, no exento de difíciles pruebas y dolores muy agudos (especialmente la muerte de su esposo y de su hijo), pero sabiéndose adherida al amoroso Corazón de Jesús. A pesar de todo Doña Maria era feliz, por que descansaba en el Señor.
El evangelio de hoy nos hace escuchar de los labios de Jesús: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré”. Resulta bastante paradójico, que nosotros los cristianos tenemos la invitación de nuestro Dios, para que acudamos a Él cuando las cosas humanamente se nos han escapado de las manos, y que en la realidad concreta, actuamos como si solo dependiéramos de nuestras propias fuerzas. Es como decirle a Jesús: “Si, si, está bueno lo que dices, pero tú no tienes que pagar mis cuentas, ni vivir con mi esposa, ni te quedaste sin trabajo, ni tienes que buscar comida, ni se te murió tu padre, ni “tantas” cosas que yo debo padecer”. Es curioso ¿no? Estamos terriblemente preocupados por las cosas materiales y nuestros afectos cercanos, pero no le damos crédito a la Palabra de Jesús
Hermano quisiera contarte algo: “Cristo ya padeció tu dolor, y mucho más, el dolor de todos nosotros”. Jesús con su vida y su ejemplo nos enseñó que lo realmente importante y trascendente, es caminar en este mundo sin más preocupación que agradar al Padre. Todo, absolutamente todo lo demás, es simple añadidura. Es por eso, que aquella persona que realmente le cree a Jesús, vive la felicidad del Reino de Dios, pero desde ya, aquí mismo en la Tierra. Es el gran secreto que nos han transmitido los santos. No hubo, ni habrá sufrimiento más grande que el que está padeciendo Jesús por nosotros y con nosotros, y no hay consolación más plena, que la entrega de nuestra cruz a los pies del Resucitado. Solo así se explica la heroicidad de muchas gentes que confiaron en la palabra del Señor, y ofrendaron sus vidas, para que el Evangelio se encarnara una vez más en esta tierra.
Es por eso que este domingo te invito a que te Alegres en el Señor, porque todos tus problemas, según la Voluntad de Dios, están siendo transformados en fuente de tu propia santidad. No reniegues de tus problemas, angustias y dolores. Apréndelos a amar. Con la generosidad de Cristo. Con la mansedumbre del Cordero. Con la humildad del Encarnado. Con el afecto del Hijo...
¡Así es, hoy celebra la vida, mientras tienes oportunidad de hacerlo! No pierdas tiempo, porque los trenes pasan y nunca sabemos cual será el último. Deja todo en manos de Dios, el sabrá que hacer con eso y dedica plenamente tu alma a ser agradecida, por tener un Dios tan bueno y misericordioso con sus hijos.

Imagen para contemplar

Miremos al Jesús que tenemos delante de nosotros, nos está esperando con los brazos abiertos
¿Qué te dice hoy? ¿Qué le pedirías?

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: El Dios de Jesús sólo puede ser descubierto y aceptado desde la sencillez


por Marcos Rodríguez
Publicado por Fe Adulta

Mateo acaba de narrar el rechazo del mensaje por parte de ciudades enteras, que provoca estas palabras de Jesús: “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! ¿Y tú, Cafarnaún? Hasta el abismo te hundirás”. Ante el fracaso de la predicación, Jesús no se desanima, sino que responde con una alabanza al Padre, porque hay otros que sí lo aceptan.

En el evangelio de hoy hay tres partes bien definidas. La primera se refiere a Dios. La segunda, a una interdependencia entre Jesús y Dios. La tercera, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Las tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje.

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí, sino el motivo. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender, pero eran los únicos que podían enseñar. Con prepotencia imponían toda clase de normas y preceptos insoportables para la gente normal.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones.

Para la élite, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla.

Eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban. En tiempo de Jesús, sólo los dirigentes podían hablar, los demás sólo tenían la obligación de escuchar y obedecer.

Debemos ir más allá de la literalidad. Sería mezquino pensar que Jesús se alegra porque Dios no se revela a alguien. Dios no puede tener privilegios con nadie. El evangelio no puede decir que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios.

Jesús da gracias a Dios porque todos pueden acceder a la revelación del verdadero Dios. Los sabios también pueden, si quieren, ser sencillos. Los sencillos no pueden volverse sabios. Si se revelara sólo a los sabios, los sencillos no tendrían posibilidad de llegar a él.

Los engreídos, los soberbios, tienen capacidad para crearse su propio Dios, que siempre se parecerá a ellos mismos.

“Todo me lo ha entregado mi Padre…” Sorprendente afirmación de Jesús. El conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino por revelación. El error garrafal de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto dice exactamente lo contrario. La única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

El verbo conocer tiene en los textos bíblicos una connotación de las que carece en nuestra lengua: Indica cercanía, familiaridad, comprensión, mutua entrega. Es el verbo que se utiliza para designar la relación más íntima entre un hombre y una mujer. Significaría a la vez conocer y amar.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que tal como la imponían los fariseos, era insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para ellos la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”.

Jesús propone un “yugo”, pero no para ir contra el hombre, sino a favor del hombre. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga sería como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se la quitas, ¿con qué volará? Subyugados por Jesús no tenemos que cargar con nada, sino hacernos cargo de lo que nos lleva a la plenitud.

Lo que acabamos de leer es, sin duda, evangelio (buena noticia). Pero no hemos hecho mucho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla.

Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que no nos lo hemos creído nunca. ¡Qué sabe Cristo lo que significa ser cristiano! Sin embargo, Dios no comparte con el hombre los secretos de la ciencia, sino su misma Vida. La “revelación” no consiste en conocimiento, sino en una manera nueva de vivir. Para Jesús la vida es más importante que el conocimiento.

Si Dios se revela a la gente sencilla y no a los sabios y entendidos, ¿qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que están incapacitados para escuchar al verdadero Dios?

A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta tal punto, que se nos ha prohibido pensar por nuestra cuenta. “Eso no me lo preguntes a mí que soy ignorante; doctores tiene la Iglesia...” decía el catecismo que yo aprendí de memoria a los siete años.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino no es fácil.

Hoy podíamos decir que, “sencillo” es todo aquel que descubre la necesidad de pasar de lo que es, a lo que tiene que ser. Por eso está dispuesto a aprender y a cambiar. Sólo el que tiene preguntas que hacer, estará dispuesto a escuchar.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento por la dificultad de abarcar todos los preceptos y prescripciones. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado.

Ahora sólo nos queda revisar todo esto que llamamos religión y ver en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, y así sucesivamente.

Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta, la “Ley” de Dios, no la Vida de Dios.

Creo que es un error dar a entender, que la crisis de la Iglesia es una crisis doctrinal. Es una crisis de vivencia. Por eso nunca se podrá superar por medio de más doctrinas y más documentos que tratan de zanjar cuestiones discutidas.

Lo que hay que enseñar a los hombres es a vivir una experiencia del Dios cercano, el de Jesús. Sólo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Sólo teniendo la misma vivencia de Jesús, encontraremos la libertad necesaria para ser nosotros mismos.


Meditación-contemplación


Venid a mí todos, dice Jesús.
Sólo él conoce a Dios y sólo él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que libera.

………

Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.

………..


Ese Dios de Jesús, sencillo y cercano
sólo puede ser descubierto y aceptado desde la sencillez.
No se trata de una exigencia de Dios,
sino de una incompatibilidad.
Dios sólo se puede dar como lo que es.
Dios sólo cabe en un corazón vacío.

……….

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Cristo (2), Dios de los pequeños ¡Canto a la vida!

Publicado por El Blog de X. Pikaza


Mt 11, 25-30. Son muchas las cosas que sobre Jesús y Dios se han venido y se vienen discutiendo desde tiempo antiguo y todavía hoy, con acusaciones de conocimiento y desconocimiento. El evangelio de hoy, que está en el centro del llamado documento Q (cf. Lc 10, 13-15), recoge el más antiguo testimonio de la Iglesia sobre las relaciones de Jesús y Dios y las presenta en forma de parábola, la parábola del Hijo que conoce al Padre. Todo ser humano es Hijo de Dios, pero Jesús lo es de un modo especialmente intenso y así ha venido a decírselo a los hombres y mujeres, para que ellos también, todos, pueden vivir como hijos, conociendo a Dios precisamente al descubrirse en manos del Padre. Estamos ante el Dios de los pequeños (de los pobres, enfermos, oprimidos), no ante el Dios de los sabios, los teólogos de oficio o los magnates de dominios religiosos (He querido poner en la imagen una madre y una hija, porque este Padre es varón/mujer... y ese Hijo es hijo/hija). Èste es un canto a la vida, el más alto de todos los cantos a la vida desde la perspectiva de Jesús, canto por todos y con todos, desde los más pobres y pequeños, para que vivan en solidaridad, asumiendo el "yugo" del amor y abriendo para todos un camino de esperanza. Éste es el Cristo verdadero que nos habla y llama, desde el centro del evangelio.

Texto y contexto.

Este pasaje central de la tradición cristiana se encuentra precedido por la acusación de Jesús contra las grandes ciudades galileas que han rechazado su mensaje: Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida, ay de ti Cafarnaum...! (Mt 11, 20-24). Estas palabras de lamento recogen el fracaso de Cristo y de su iglesia más antigua en Galilea, el fracaso del Cristo ante los sabios y los grandes de la tierra. Conforme al mandato y envío del Cristo (cf. Mt 10), sus discípulos han recorrido las grandes (orgullosas) ciudades de su patria, realizando en ellas los milagros mesiánicos, pero no han sido acogidos.
Los sabios y grandes del mundo han quedado en sus sabiduría y su grandeza, en sus sistemas de poder, en sus organizaciones sociales y religiosas. Ellos, los grandes señores de Corozaín, de Betsaida y de Cafarnaum se han cerrado en sus propias ideas y sus sabidurías, Pero el camino de Dios sigue abierto. Por eso, Jesús, el Jesús de la vida entera, el Jesús resucitado, sigue llamando, en un texto que divido en tres partes:

1. (Alabanza):
a. Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra,
b. pues has ocultado esto a sabios y entendidos,
b'. y lo has revelado a los pequeños.
a'. Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad (Mt 11,

2. (Revelación: conocimiento filial)
a. Todo me ha sido entregado por mi Padre:
b. y nadie conoce al Hijo, sino el Padre;
b'. y nadie conoce al Padre, sino el Hijo,
a'. y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar (11, 27):

3. (Llamada)
a. Venid a mí todos los agotados y cargados,
Que yo os aliviaré.
b. Cargad con mi yugo, y aprended de mí,
b’ que soy manso y humilde de corazón
y hallaréis descanso para vuestras almas.
a’. Porque mi yugo es suave
y mi carga es ligera (Mt 11, 28-30)

Éste ha sido el camino de Jesús, ésta la tarea (yugo) de su vida. Ha sido y sigue siendo un camino de amor, un camino de hijos en manos del Padre, no se puede interpretar como imposición, sino como proceso de vida humana abierto en la Vida de Dios. Como hijos en manos del Padre, con Jesús, ésta es la parábola de la vida.

1. Principio. Canto a Dios, canto a la vida El Dios de los pequeños

En estas palabras culmina y se centra el evangelio. Tal como han sido recogidas por Mateo y Lucas (desde el Q), estas palabras provienen de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús como revelador pleno del Padre, suponiendo que ya ha muerto y está resucitado. Pero, en su tenor original, ellas reflejan la experiencia histórica de Jesús, recogen y transmiten el sentido más hondo de su vida. Así empiezan:

a. Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra,
b. pues has ocultado esto a sabios y entendidos,
b'. y lo has revelado a los pequeños.
a'. Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad (Mt 11,

Este es un canto de agradecimiento por la vida, una bendición litúrgica que Jesús eleva ante Dios a quien confiesa por su acción salvadora. De esta forma nos sitúa ante la revelación suprema de Dios, que no está ya centrada en el viejo camino del Éxodo, ni en la estructuración sacral de la nación israelita, sino en su amor de Padre que manifiesta su misterio a los pequeños de la tierra.
Frente a los sabios y entendidos, representados por los orgullosos galileos de 11, 20-24 (b), se sitúan ahora los "pequeños" (nepiois), que han acogido la palabra de Jesús, dirigida precisamente a ellos (b'). Jesús confiesa en canto de gozo la grandeza de Dios, que revela su más honda voluntad salvadora como Padre, en gesto de apocalipsis o culminación de la historia humana. Por eso alaba al Padre, que es Señor universal; por eso le da gracias, en gesto de admiración exultante (a y a'), porque ha venido a revelarse como Padre para los pequeños de la tierra.
Estamos ante el auténtico misterio: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza que se encarna en las ciudades galileas (presumiblemente orgullosas porque piensan que conocen bien las Escrituras). Frente a ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra y acogen a Dios Padre, "señor del cielo y de la tierra", en fórmula que expresa el más radical monoteísmo israelita. ((Mt ha elaborado una cristología de los pobres y pequeños. Por eso ha presentado al niño como signo de Cristo (18, 5)- Sobre la pequeñez (y pobreza) en la cristología cf. J. Sobrino, Cristología desde América Latina, CRT, México 1976; Id., Jesucristo liberador I-II, Trotta, Madrid 1993/8 ))

2. Centro. Misterio de Jesús, misterio de Hombre: la parábola el Padre y del Hijo

El Dios de los grandes no necesita ser Padre, al modo como Jesús lo concibe. Él es Señor, es Justo Juez, es responsable del orden y justicia de la tierra, dando a cada uno lo que es suyo (de acuerdo a lo que sabe y tiene). Por ser defensores de ese Dios, los galileos han rechazado a Jesús. Por el contrario, el Dios de los pequeños aparece necesariamente como Padre que les recibe en amor y con amor les ofrece su más alto conocimiento. Los grandes de ese mundo acaban por juzgar al Padre (rechazando su gesto gratuito de amor). Por el contrario, los más pequeños pueden acoger su gracia Así lo ha descubierto y expresado Jesús, en palabra que expresa su más honda experiencia. Ésta es la parábola de la vida: Dios nos lo ha dado todo, en conocimiento y despliegue de vida:

a. Todo me ha sido entregado por mi Padre:
b. y nadie conoce al Hijo, sino el Padre;
b'. y nadie conoce al Padre, sino el Hijo,
a'. y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar (11, 27):

Este es un texto de revelación: una parábola sobre el amor y conocimiento entre Padre e Hijo. Ciertamente, Jesús podría haber utilizado otro lenguaje, de carácter más doctrinal, empleando signos de amante y amado/a, de madre e hija, maestro y discípulo, cada uno con sus riesgos y ventajas. Pues bien, ha preferido la parábola del Padre, que concede su propio ser al hijo y que, al hacerlo, le conoce, siendo respondido por el Hijo, que también conoce al Padre. El texto no dice que Jesús sea ese Hijo, pero es claro que lo está presuponiendo, por todo lo que precede y sigue: el mismo Jesús Hijo llamará a los humanos, para que puedan conocer al Padre. La revelación de Dios a los pobres se identifica con la vida y obra de Jesús, el Hijo a quien el Padre conoce y ofrece todo lo que tiene (realidad y revelación salvadora).
Jesús no es maestro o transmisor de una Ley exterior, sino que ha recibido todo el ser de Dios (su Padre) y al decirlo se dice sí mismo, como indica el texto. ((Jesús, que comienza hablando de sí mismo en primera persona, se refiere luego al Hijo en tercera (lo mismo que en Mt 28, 16-20). No actúa todavía como Hijo (no dice: Soy el Hijo), sino como Mesías pascual, que se identifica implícitamente con el Hijo, en lenguaje de revelación parabólica. Además de comentarios a Mt y textos de cristología bíblica, sobre el Hijo, cf. M. Hengel, Hijo de Dios, Sígueme, Salamanca 1974; J. Jeremias, Abba.El mensaje central del NT, Sígueme, Salamanca 1971, 53-60; W. Marchel, Aba, Père!, AnBib 19a, Roma 1971, 157-162; J. Schlosser, El Dios de Jesús. Estudio exegético, Sígueme, Salamanca 1995, 147-149)).
En otro plano, Jesús podría haber elaborado la parábola de amante y amada, pues el conocimiento mutuo que ellos tienen uno de otro parece superior al de padre e hijo, pero carecen de la experiencia del origen o surgimiento vital compartido, porque el amado/a no proviene del amante. Podría valer también la parábola de madre e hija, pero no resultaría adecuada, pues Jesús fue un varón. Por eso dejamos que el texto siga hablando de un Padre y un Hijo, recordando que ese Padre es Padre/Madre.
El centro del pasaje (b y b') destaca el carácter dialogal de la biografía de Jesús: su verdad y su vida pertenece al Padre y viceversa; por eso se presenta como Hijo. Ambos (Padre e Hijo) existen dándose uno al otro, conociéndose (en ambos casos se repite esa palabra: epignoskei) en amor y/o donación completa. Dios se define, según eso, plenamente como Padre y Jesús como Hijo. En el principio de todos los principios aparece este amor mutuo, fundado en Dios Padre y expresado en su comunión con el Hijo.

3.Meta de la vida: una llamada ¡vivid conmigo!

En la raíz de este pasaje (a) se halla el Padre que entrega al Hijo todo que tiene, no algo accesorio. Jesús, por su parte, entrega todo al Padre, revelando al mismo tiempo su misterio (el misterio de su vida filial, todo el amor del Padre) a los humanos Esta es su función cristológica: ha venido a revelar a los humanos la gracia de Dios Padre Desde ese contexto se entiende el final del pasaje. Como Hijo del Padre, habiendo recibido y compartido su conocimiento, Jesús puede expandirlo y lo expande a los humanos. Por eso les llama, como llamaba a los sencillos del mundo la Sabiduría de Proverbios y Eclo, ofreciéndoles su experiencia, la sabiduría suprema de Dios.

a. Venid a mí todos los agotados y cargados,
Que yo os aliviaré.
b. Cargad con mi yugo, y aprended de mí,
b’ que soy manso y humilde de corazón
y hallaréis descanso para vuestras almas.
a’. Porque mi yugo es suave
y mi carga es ligera (Mt 11, 28-30)

Jesús convoca de un modo especial a los judíos que vivían aplastados por el yugo de la Ley, como sabe la tradición rabínica y el mismo Nuevo Testamento
(a). El mismo Jesús Hijo ocupa ahora el lugar de la Ley, no como un simple exegeta, que la interpreta por fuera, sino como revelador personal del Padre, principio de humanización y descanso (de encuentro personal) para los humanos. Frente al Peso de la ley eleva Jesús el “yugo suave” de su filiación divina
(a’). Sólo así, como sabiduría de Dios (Hijo del Padre), puede elevar su palabra ante los humanos y llamarles, para que vivan en libertad y puedan gozar de la existencia. Esta es su tarea, este el sentido de su vida.
En el origen está el Padre de Jesús, como principio de vida y amor fuerte para los humanos. Pues bien, avanzando en esa línea, podemos y debemos afirmar que en ese mismo origen se halla la dualidad de amor de Padre e Hijo, de Dios y Jesucristo. Nosotros encontramos al Padre por Jesús, en el ca¬mino de su vida y su mensaje, en la esperanza de su reino y encontramos a Jesús desde Dios, pues el Padre ha concedido todo lo que tiene.

Anotación final, para eruditos

Rabí Nejonías, hijo de Aqaná, decía: al que acepta sobre sí el yugo de la Torah se le ha de eximir del yugo del reino y del yugo de lo terreno; pero a todo aquel que rompe el yugo de la Torah se le ha de imponer el yugo del reino y de la ocupación terrena" (cf. Abot 3, 5 ). Mt 23, 4 alude al peso que escribas y fariseos cargan sobre los judíos; Hech 15, 10 al peso/yugo de la Ley.

Mt 11, 25-29 nos sitúa cerca de Jn 1, 18 (a Dios nadie le ha visto jamás...) y 10, 15 (como el Padre me conoce y yo conozco al Padre). Pero él no ha desarrollado temáticamente esta vinculación original entre Jesús y el Padre, en lenguaje de revelación apocalíptica o sapiencial, sino que la introduce dentro de la biografía de Jesús. Dicho eso, podemos añadir Mt está al servicio del "conocimiento del Padre", que Jesús ofrece a los creyentes. Cf. D. A. Hagner, "Apocalyptic Motifs in the Gospel of Matthew": Horizons in Bib.Theol 7 (1985) 53-82.

Dios no es Señor en general, no es Padre de los espíritus y/o astros, como dirá en otros pasajes (cf. Hebr 12, 9; Sant 1, 17), sino que es Padre de todos siendo (o por ser) Padre del Mesías Jesucristo. Por eso, la paternidad de Dios se define en relación al Hijo Jesucristo: Dios se encuentra vinculado con él de un modo especial. Pero, en otra perspectiva, esa misma paternidad se amplía, de manera que todos los humanos (los pequeños) pueden ya participar y participan del misterio del encuentro que liga a Dios con Jesucristo. De esa forma, el mensaje y vida de Jesús (lo que después tiende a llamarse su persona) se encuentra incluido en el misterio de la revelación de Dios. Al regalarnos su amor paterno, Dios nos ofrece a su Hijo que es el Cristo.
(Tema tomado de Pikaza, Hijo de Hombre. Historia de Jesús Galileo, Valencia 2007)

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Dios con nosotros

Publicado por Fundación Epsilon


FE Y CIENCIA

A lo largo de la historia han sido muchos los conflictos entre los dogmas religiosos y la ciencia, y en muchos casos el transcurso del tiempo parece que ha ido dando la razón a los científicos. Y hoy son muchos los científicos que se confiesan ateos o agnósticos. ¿Será incompatible la inteligencia humana y la fe en Jesús de Nazaret? ¿Es eso lo que quiere decir el evangelio de este domingo?

SABIOS Y ENTENDIDOS

La oración de Jesús a que se refiere el evangelio de hoy: «Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla», hay que entenderla a la luz de una advertencia que hace Dios a su pueblo por medio del profeta Isaías: «Dice el Señor: Ya que este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios, mientras su corazón está lejos de mí, y su culto a mí es precepto humano y rutina, yo seguiré realizando prodigios maravillosos: fracasará la sabiduría de sus sabios y se eclipsará la prudencia de sus prudentes» (Is 29,13-14; véase también Mt 15,8-9).
Dios se había dado a conocer a su pueblo por medio de su actuación liberadora, al sacarlo de la esclavitud de Egipto; en el Sinaí les dio unas normas que cumplir, que en sus primeras formulaciones estaban siempre basadas en los acontecimientos que dieron origen al pueblo de Israel (~x 20,2; Dt 5,6.20-25). La relación del hombre con Dios debía estar siempre basada en esta experiencia liberadora, de tal forma que, como repiten una y otra vez los profetas, es imposible relacionarse con Dios si no se practica la justicia para con el prójimo (véase, p. ej., Is 1,10-18; 58,1-12).
Pero, según se deduce de las palabras de Isaías que hemos citado antes, algunos sabios y entendidos habían hecho creer al pueblo que lo que Dios quería es que los hombres estuvieran pendientes de él, que rezaran mucho, que frecuentaran mucho el templo. Así habían conseguido que los mandamientos que Dios había dado a los israelitas para que, poniéndolos en práctica, consiguieran evitar que entre ellos se pudieran reproducir relaciones de esclavitud y opresión semejantes a las que sufrieron en Egipto, quedaran sustituidos por preceptos humanos, y que la práctica religiosa se redujera a pura rutina. Esos son los sabios y entendidos, que no comprenden el mensaje de Jesús. Los que utilizan su sabiduría y su ciencia para vaciar de contenido liberador la relación de Dios con su pueblo.

RENDIDOS Y ABRUMADOS

En contraposición a ellos, dice Jesús, la gente sencilla sí que puede entender su mensaje. Ellos, rendidos y abrumados por la injusticia de los que se aprovechan de las doctrinas de sabios y entendidos y por la imagen que los mismos presentan de Dios -un tirano cruel dispuesto a castigar sin piedad las equivocaciones más insignificantes o, lo que es peor, celoso de la felicidad de sus criaturas, que se irrita por todo lo que da un poco de alegría a la vida de los pobres-, sienten en Jesús la presencia del Dios de Israel, amigo y liberador de esclavos, al que no le agradan las prácticas religiosas que no estén basadas en «abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo...» (Is 58,6-7). A Jesús se le da en el evangelio de Mateo el nombre de «Dios con nosotros» (1,23), que ya se usa en el profeta Isaías con un claro sentido liberador (Is 7,14); Jesús ha recibido del Padre la misión de continuar y llevar a su culminación su obra salvadora y liberadora: «Mi Padre me lo ha entregado todo... » Eso sólo lo entiende la gente sencilla. Porque, además, Jesús es, él mismo, sencillo y humilde, solidario con los pequeños y los humillados. Los sabios y entendidos, los que se creen tales, los que usan su ciencia para cargar lardos pesados en las espaldas de los hombres (Mt 23,4), jamás entenderán -no les interesa- el mensaje de Jesús, jamás aceptarán el Dios cuyo ser nos da a conocer plenamente Jesús: «Al Hijo lo conoce sólo el Padre y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Por otro lado, el proyecto de Jesús tiene sus exigencias; pero éstas no son un yugo insoportable que esclavice al hombre, sino un compromiso que debe ser libremente aceptado y que, al mismo tiempo, es liberador: «Acercaos a mi todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde: encontraréis vuestro respiro, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
No es la ciencia, la inteligencia humana, lo que es incompatible con el mensaje de Jesús; es la utilización de estas facultades para engañar y oprimir a los sencillos lo que incapacita a los hombres para conocer a un Dios que, además de liberador, quiere ser Padre.
No es la fe enemiga del saber; lo es de la sabiduría que se utiliza para engañar, dominar, humillar, adormecer, infantilizar...; para explotar a los pobres. Lo es la sabiduría que se opone no a la necedad, sino a la sencillez; porque eso no es conocimiento, sino soberbia; no es ciencia, sino malas artes, incompatibles con el que, en un obrero, quiso ser Dios con nosotros.

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Mi suave yugo


Publicado por Jesuitas Loyola

T E X T O S

DEL PROFETA ZACARÍAS (9:9-10)
¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna.
El suprimirá los cuernos de Efraím y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra.

DE LA CARTA DE PABLO A LOS ROMANOS (8:9-13)
Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.

DEL EVANGELIO DE MATEO (11:25-30)
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo:
«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»


TEMAS Y CONTEXTOS
LA PROFECÍA DE ZACARÍAS
Zacarías parece ser un profeta que anima y exhorta al pueblo durante la penosa época de la reconstrucción del Templo, después del destierro, en torno al año 518. En la segunda parte de su libro, de la que están tomados los versos que hoy leemos, presta
mucha atención a la acción divina, en un tiempo de escasa actividad profética. Los versos de hoy son un anuncio mesiánico importante. Se desecha la imagen del mesías davídico para sustituirla por un rey pacífico y humilde, en el que ha visto la
Iglesia una prefiguración de Jesús. Este mismo texto será utilizado expresamente por el evangelio de Mateo, presentando a Jesús como Mesías no davídico en la entrada triunfal en Jerusalén. (Mt. 21)

LA CARTA A LOS ROMANOS
El fragmento de hoy exhorta a una "vida en el espíritu", contrapuesto a "la carne". Cuando Pablo habla de "la carne" se refiere a algo semejante a "el mundo" del evangelio y las cartas de Juan. No se trata de el cuerpo físico, la materia, sino de las tendencias infrahumanas, enemigas de "el espíritu", que no es el alma platónica, sino "el espíritu de Dios", la gracia, el impulso divino humanizador y salvador.
La terminología de Pablo (cuerpo, carne, espíritu, vida, muerte ...) son fuertemente simbólicas y no hay que caer en el error de entenderlas como nos suenan en nuestro contexto cultural actual.

EL EVANGELIO DE MATEO
Es un pasaje recogido por Mateo y Lucas, con algunas connotaciones diferentes. Tiene tres ideas, yuxtapuestas por el redactor de forma más bien artificial:
- la exclamación de gozo de Jesús por la revelación a los sencillos.
- La declaración sobre el Padre y el Hijo.
- La invitación a tomar el suave yugo de Jesús.
En nuestra reflexión vamos a centrarnos en la primera, por lo que insinuamos aquí alguna vía de comentario de las otras dos. La declaración sobre el Padre y el Hijo muestra bien que las primeras comunidades tenían una clara conciencia de que Dios hablaba por Jesús. La conciencia misma de Jesús parece reflejada aquí. Estos versos, que hacen recordar tanto algunas expresiones del cuarto evangelio, lo muestran claramente. Es muy de señalar, sin embargo, que hemos insistido quizá demasiado en el carácter trinitario de estas expresiones. Cuando Jesús se refiere a "el Hijo", se refiere sin más a sí mismo, a su conciencia filial y a su relación con Abbá, aspecto mucho más importante que una mera especulación metafísica sobre las Personas Divinas.
La tercera parte es una prolongación natural del mensaje del domingo pasado. Todos los humanos estamos fatigados y sobrecargados, en toda vida humana hay cruz; se nos invita a llevar la cruz CON ÉL, con su misma disposición, con su mismo corazón, para que la vida sea mucho más llevadera, para que la cruz e la vida tenga más sentido.

R E F L E X I Ó N
Mateo constata simplemente que Jesús "tomó la palabra y dijo...”. Lucas lo expresa así:
"Lleno del júbilo del Espíritu Santo, dijo...".
Jesús siente este sobrenatural júbilo al constatar que la Palabra es bien recibida y entendida por la gente sencilla, mientras que los grandes, los ricos, los poderosos, los sabios, no la entienden, no la aceptan. Jesús siente júbilo por ello.
Una vez más, los criterios y valores de Jesús chocan con los normales del mundo. Si los ricos, sabios y poderosos no aceptan la palabra de Jesús, parece evidente que toda su labor está destinada al fracaso; no será más que una doctrina popular sin influencia, sin futuro. Jesús no lo cree así: se alegra de que la gente normal se entere y se alegra también de que los poderosos se cierren. Una vez más, nos encontramos ante el desafío de aceptar los criterios y los valores de Jesús.
Ante todo, para Jesús los poderosos, ricos, sabios ... no son más que los sencillos. Si miramos detenidamente las relaciones de Jesús con las personas, advertimos que para él no tiene ninguna importancia el status social. Jesús atiende a todos, sin importarle nunca su dinero, su sabiduría, su rango. Con una distinción: sus relaciones con los poderosos y con los sabios de Israel suelen ser tensas, incluso cuando está invitado a comer en sus casas, mientras que sus relaciones con la gente normal son cariñosas, cercanas, especialmente cuando se trata de gente especialmente necesitada, enfermos, rechazados, marginados ... Que sean precisamente éstos los que mejor reciben la Palabra es una enorme alegría para Jesús. Y que los sabios y poderosos no la acepten …
también, porque muestra a las claras que Dios es justo y bueno, no se deja comprar, y que el dinero y el poder no pueden cambiar a Dios. Jesús se alegra de que Dios es de todos, sobre todo del que más lo necesita, y especialmente de que no es patrimonio del saber, del poder, del poseer.
Los ricos, los sabios, los poderosos ... los sencillos, los pobres, los necesitados. Jesús sabe que serán éstos los que reciban la palabra. Jesús sabe que aquéllos difícilmente la recibirán. estamos ante el mismo mensaje de los domingos anteriores, en que Jesús desconfiaba del dinero y constataba que nadie sirve a bien a dos señores.
Una vez más, constatamos la singularidad de Jesús. Las religiones se instauran siempre desde el poder, el poder sagrado que se origina en la posesión de la palabra sagrada y la condición sagrada de sus dirigentes, y atraen inmediatamente la riqueza, que da a sus miembros respetabilidad social. Las religiones se instalan confortablemente entre sabios, santos, poderosos: construye maravillosos monumentos, asesoran a reyes, gobiernan, cobran....
Y Jesús no es así: ni él ni su movimiento es así. Teme al dinero como a un peligro, desconfía de la sabiduría humana, no idolatra la ley, no aprecia gran cosa a los santos oficiales, no tiene buenas relaciones con el poder, no da mucho valor al templo y sus actos de culto... Pero valora enormemente a la gente sencilla, su compasión, a su solidaridad, a la limosna de la viuda, al que visita enfermos, al que pelea por la justicia ...
Es éste un despiadado espejo en que hemos de mirarnos nosotros, la Iglesia. La Iglesia como institución tiene el peligro constante de convertirse en una religión como todas: poseedora de la palabra, prestigiosa, rica, constructora de maravillas costosísimas para el honor de Dios, instalada en las capas superiores de la sociedad ... Es una tentación, y no podemos afirmar que no hayamos caído en ella. Y cada uno de nosotros estamos tentados a apreciar más al rico, al sabio, al influyente, al triunfador, y a sus criterios y valores: el éxito, la respetabilidad inaccesible, la influencia social... Estamos tentados a valorar poco al más sencillo y a sus valores: la sinceridad, la colaboración, la capacidad de sacrificio, la predisposición a compartir.
¿Dónde está tu Dios? es una pregunta inquietante. ¿en el Templo, en el palacio, en los bancos, en la fama, en la erudición, en el prestigio, en la influencia? Jesús se muestra feliz, lleno de júbilo, porque encuentra a Dios en el corazón de la gente.
Dejemos que la palabra de Jesús desnude nuestra religión, que la limpie de todos los añadidos, de todos los vestigios de "carne", de tierra.
Si hemos manchado a Jesús con extrañas religiosidades llenas de poder y dinero, de prestigio y vanas sabidurías, reconozcámoslo.
Si en nuestra vida personal nos sentimos más religiosos en el templo que cuidando a un enfermo, si damos más gracias a Dios por ser ricos que por ser compasivos, si nos sentimos mejor en compañía de ricos poderosos que con gente sencilla ... pidamos a Dios fervientemente que nos cambie el corazón: que haga que nuestros sentimientos sean los de Jesús. Porque es posible que toda nuestra religiosidad sea un gran error.

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Por aquel entonces...

v.25: En aquella ocasión exclamó Jesús: -Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; 26sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien.

La expresión introductoria «por aquel entonces» enlaza de algún modo esta perícopa con la anterior. Después de la recriminación a las ciudades que no responden aparece la respuesta favorable de la gente sencilla. Por contraste con la invectiva anterior, en esta perícopa Jesús alaba al Padre por lo que está sucediendo. Aparece el Padre como el Señor del universo.
Jesús bendice al Padre por una decisión: los intelectuales no van a entender esas cosas; los sencillos, sí. «Esas cosas» puede referirse a «las obras» del Mesías (11,2.19). La revelación de que habla Jesús respecto a los sencillos tiene un paralelo en la que recibe Simón Pedro para reconocer en Jesús al Mesías, después de los episodios de los panes (16,17). Se trata, pues, de comprender el sentido de las obras de Jesús, de ver en ellas la actividad del Mesías. La revelación del Mesías podía haberse hecho de manera deslumbradora y autoritaria. Sin embargo, el Padre ha querido hacerla depender de la disposición del hombre. Es la limpieza de corazón, la ausencia de todo interés torcido, la que permite discernir en las obras que realiza Jesús la mano de Dios.
Precisamente, la denominación «los sabios y entendidos» alude a Is 29,14. En el texto profético, Dios recrimina al pueblo su hipocresía en la relación con él: lo honra con los labios, pero su corazón está lejos (cf. Mt 15,8s). A eso se debe que fracase la sabiduría de los sabios y se eclipse el entender de los entendidos. En el trasfondo del dicho de Jesús se encuentra, por tanto, esta realidad: los sabios y entendidos no captan el sentido de las obras de Jesús porque su insinceridad inutiliza su ciencia, impidiéndoles aceptar las conclusiones a las que su saber debería llevarlos. Los «sencillos» no tienen ese obstáculo y pueden entender lo que Dios les revela. El hecho de que Dios «oculta» ese saber no se debe a su designio, sino al obstáculo humano; se atribuye a Dios lo que es culpa del hombre. De hecho, la realidad de Jesús está patente a todos, viene para ser conocido de todos. El pasaje está en relación con el aserto de Jesús en 9,13: «No he venido a llamar justos, sino pecadores.» El «justo» es el que se cierra a la llamada por estar conforme con la situación en que vive. No es culpa de Jesús, sino del hombre. El que se tiene por «justo», sin reconocer su necesidad de salvación, se cierra a la llamada de Jesús. Lo mismo el «sabio y entendido», cuyo corazón está lejos de Dios, está cerrado a la revelación del Padre (25s).
v. 27: Mi Padre me lo ha entregado todo; al Hijo lo conoce sólo el Padre y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
La frase de Jesús «mi Padre me lo ha entregado todo» está en relación con la designación «Dios entre nosotros»: Jesús es la presencia de Dios en la tierra. También con la escena del bautismo, donde el Espíritu baja sobre Jesús y el Padre lo declara Hijo suyo. La posesión de la autoridad divina fue afirmada por Jesús en el episodio del paralítico (9,6). La relación íntima entre Jesús y el Padre la establece la comunidad de Espíritu. Por eso nadie puede conocer al Padre, sino aquel a quien el Hijo comunique el Espíritu, que establecerá una relación con el Padre semejante a la suya. Es decir, el conocimiento de Dios de que se glorían los sabios y entendidos, que se adquiriría a través del estudio de la Ley, no es verdadero conocimiento. Este consiste en conocerlo como Padre, experimentando su amor, y sólo se consigue esta experiencia por la comunicación que hace Jesús del Espíritu que recibió.
De ahí que invite a todos los que están cansados y agobiados por la enseñanza de esos sabios y entendidos. El se presenta como maestro, pero no como los letrados, dominando al discípulo; él no es violento, sino humilde, en contraposición al orgullo de los maestros de Israel. Su enseñanza es el descanso, después de la fatiga del pasado (11,28s).
Jesús invita a aceptar su yugo, imagen de las exigencias que se derivan de su mensaje; su yugo es llevadero, no como el de la Ley propuesta por los letrados, y su carga es ligera (cf. 23,4). Estudiar la Ley debía servir para acercarse a Dios; Jesús invita a acercarse a él directamente; su persona es el medio (la Ley) y el término (Dios). Invita a romper con otros maestros y a aceptar su enseñanza. El legalismo judío era abrumador, una moral sin alegría. Jesús propone, en cambio, el servicio en la alegría de la amistad (9,15). Propone sus exigencias prometiendo la felicidad (bienaventuranzas).

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Cristo 1. Tres cristologías hubo: antioquena, alejandrina y calcedonense

Publicado por El Blog de X. Pikaza


Tres cristología hubo en las Gran Iglesia antigua y las tres totalmente ortodoxas, aunque cada una con sus limitaciones y su necesidad de ser completada desde otras perspectivas. Tres hubo entonces y las tres siguen (al menos) siguen existiendo en la actualidad, fundadas todas en las únicas verdaderamente canónicas y normativas, que aparecen en los diversos del Nuevo Testamento, que no son cristo-logías estrictamente dichas, sino anuncios y experiencias básicas de la Buena Nueva de Jesús de Galilea, según los evangelios, las cartas de Pablo y los restantes libros de la Escritura cristiana. En resumen. (a) En el principio (Nuevo Testamento) hay varias experiencias de Jesús, no una, todas convergentes pero distintas (unidas por la certeza de haber encontrado a Dios en Jesús). (b) En la Iglesia antigua (siglos II al V) no hay una sino varias cristologías (antioquena, alejandrina, calcedonense)… Por eso, cuando hoy me hablan algunos de una cristología úníca, de tipo normativo (lógico), y quieren imponerla sobre todos (de manera monolítica) me sonrío y digo ¡vaya, vaya! De eso quiero hablar hoy, iniciando una serie de textos sobre el Cristo de la Biblia y de la tradición cristiana, en tiempos en los algunos parecen andar revueltos por el tema. Entre otros, Sofía y Emérito andan dialogando en mi blog sobre el ema. Aquí les ofrezco materia (a ellos y a otros) para seguir dialogando.

En el principio

Vuelvo al tema. En el principio no hubo una cristo-logía (un logos sobre Cristo), sino diversas experiencias convergentes de la vida y pascua de Jesús, recogidas en los textos del Nuevo Testamento. En todas ellas aparece Jesús como revelador de Dios y como plenitud mesiánica del hombre. En todas importa el seguimiento de Jesús más que su conocimiento “lógico”, el compromiso práctico más que el conocimiento teórico.
Luego, muy cerca del principio, se expandieron las cristologías y muchas se fueron separando en caminos a veces divergentes, quedando fuera de la Gran Iglesia. Entre las que se separan de lo que será la Gran Iglesia pueden destacarse dos tipos. (a) Las cristologías de tipo “gnóstico”, famosas por su conocimiento discursivo y su capacidad de penetración interior, pero demasiado desligadas de la “carne” de la historia (se fueron perdiendo en espiritualismos desencarnados, sin compromiso mesiánico). (b) También se separaron (o no se integraron en la Gran Iglesias) las cristología de tipo particular, cerradas en un tipo de judaísmo no universal). Según ellas, la experiencia de Jesús no podía abrirse (¡todavía!) al conjunto de los pueblos. De esas dos cristología no aceptadas por la Gran Iglesia trataremos en otro momento. Pues bien, entre las cristologías “canónicas” de la Gran Iglesia pueden y deben destacarse tres:

1. Cristología antioquena. Están más cerca del judaísmo y del Nuevo Testamento. Empiezan viendo a Jesús como profeta, un hombre especial, el Mesías de Dios…Es de tipo “ascendente”: parte de la humanidad de Jesús y quiere ver en ella, por ella, la revelación plena de Dios. Es de tipo más profético y semita, más centrada en la trasformación social de la humanidad. Pudo desembocar en un nestorianismo (lo humano y lo divino quedan separados)

2. Cristología alejandrina (y/o efesina). No parte del Hombre Jesús, sino del “logos de Dios”, en la línea de una lectura del Evangelio de Juan. Más que un hombre mesiánico, elevado hacia Dios (transformador de la humanidad), Jesús es el Logos de Dios que desciende a la tierra a través de Jesús. Corre el riesgo de negar la humanidad (en línea gnóstica o incluso doceta). Está influida de un modo especial por el pensamiento griego. Llegó casi a triunfar en el Concilio de Éfeso. Sus representantes son Atanasio y, sobre todo, Cirilo. Ha seguido siendo de hecho dominante en la cristiandad, en una línea de larvado monofisitismo (sólo a Dios) o de los derivados del arrianismo (lo que importa es Dios; Jesús-hombre no es de verdad Dios… o queda diluido de hecho en Dios).

3. Cristología calcedonense. Dos naturalezas. Quiso unir las dos líneas anteriores y lo hizo de hecho, con sus fórmulas principales: Dios verdadero «y» hombre verdadero… una naturalezas «y» otra naturaleza.. En sentido “formal” es normativa para todas las «iglesias calcedonenes» (católicos, ortodoxos, protestantes…). Pero ofrece sólo una “fórmula abierta”, un esquematismo lógico, que debe ser interpretado y vivido. Calcedonia no explica nada, sino que deja las cosas donde están… con el gran problema de su «y» (lo divino «y» lo humano), que sirve para arreglar formalmente los problemas, sin arreglar en el fondo nada… Calcedonia dice a la gente: no discutáis, Jesús es una cosa y la otra. Y ahora… a pensar…

Desde ese fondo seguimos con Antioquía (¿más Pagola?) y con Alejandría/Éfeso… (más otros…). Con repetir las fórmulas de Calcedonia no se resuelve nada, hay que entrar en ellas y vivirlas… ¿desde donde? Pagola ha dicho: ¡desde los evangelios!. Allí tendremos que ir. Pero antes de hacerlo quiero recoger una recensión a un libro mío, hecha por Lorenzo Peña
Lorenzo Peña
De su vida y obra os contaría un día algunas cosas. Aquí sólo quiero decirnos que es quizá la personalidad filosófica más recia del momento actual en España. Es investigador del CSIC, después de haber tenido que huir por piernas antes las «persecuciones filosóficas» del Estado Español el 1968… Después de haber vivido exilado muchos años el Bélgica y en Ecuador… Es filósofo, es teólogo, es teórico de la política. Hace años publicó la recensión de un libro mío… y me decía que en el fondo había que volver a la cristología (teología trinitaria) del Alejandría/Éfeso (Ved su págna webb en http://www.eroj.org/lp/home.htm) . Seguiré hablado del tema. Hoy me limito a recoger su reseña de mi libro. Allí insinúa algunas de estos temas. Todo lo que sigue es de

Lorenzo Peña

Xabier Pikaza, Dios como espíritu y persona: Razón humana y misterio trinitario. Salamanca: Secretariado Trinitario, 1989. Pp. 471 (reseña publicada en er Pikaza, Estudios Trinitarios, 24/1-2 (1990), págs 277-82).

Lejos, hoy, de la supeditación unilateral, ancilar, de la filosofía a la teología, lo que cabe tratar de conseguir es un diálogo fructífero entre ambas. Empresa apasionante pero nada fácil. En un ambiente intelectual en el que las ideas teológicas, o simplemente teístas, van quedando marginalizadas --los más de los filósofos se apartan de toda temática que roce con algo de eso--, también los teólogos se ven a menudo llevados a acentuar su automarginación, sea aferrándose, para sus conceptualizaciones, a paradigmas que no se desarrollan en el transfondo de los debates filosóficos de la época, sea optando por caracterizar su propia labor en términos que excluyen la conveniencia del diálogo con la filosofía.
No es tal, ni mucho menos, la posición de Jabier Pikaza. Al revés. Sin rehuir el problema del conflicto, siquiera aparente, entre los dogmas mismos que trata de entender y conceptualizar, por un lado, y las exigencias lógicas del racionalismo, tan arraigadas entre los filósofos, por otro, nuestro autor rechaza el encerrarse en la actitud irracionalista de quienes han venido a decir: `¡Tanto peor para la filosofía!' Trata él de caminar allende lo que ve como lógica del racionalismo con ayuda, sin embargo, de planteamientos elaborados por la filosofía en algunos de sus momentos de mayor esplendor (o ambición) racional, desde el Parménides platónico a la filosofía hegeliana de la religión. Claramente piensa, y lo dice, que el teólogo tiene mucho que aprender del diálogo con el filósofo. Lo que habría que agregar es que el filósofo puede por su parte aprender mucho también del diálogo con el teólogo. Y es que las ideas de las religiones --o sus «modos de sentir», si se quiere-- plantean un desafío importante para la racionalización filosófica. Para los muchos que pensamos que no anda desacertado Donald Davidson al sostener que no cabe ni imaginar siquiera un «esquema conceptual» radicalmente incompatible con el nuestro --pues es condición necesaria para la comprensión y aun para la discrepancia el que no quepa con fundamento atribuir a los otros un error masivo, abultado, ni, menos todavía, un incurrir en lo absurdo que hiciera imposible hasta el estarse refiriendo a lo mismo--, no está dado ni descartar todas las creencias más básicas de la mayoría de la humanidad durante decenas o centenares de miles de años simplemente como aberraciones, arrojándolas al basurero de lo irracional, ni siquiera articular la propia concepción filosófica de tal manera que resulte del todo incompatible con tales creencias. Pero entonces no podemos dejar de tratar de entenderlas, de ver cómo se compaginan, después de todo, con un tratamiento lógicamente aceptable. (Eso como poco. Habría que ir más lejos: tratar de ver no sólo su sentido sino, hasta donde quepa, su verdad, cuanta más mejor.)
Este libro de Jabier Pikaza constituye, para quienes así pensamos, un paso adelante de sumo interés. Aúnanse la enorme erudición del autor, su manejo fluido de fuentes de lo más dispares, su mente atenta y sintetizadora, para ofrecernos una serie densísima de reflexiones que se afanan no sólo por esclarecer los «misterios» básicos del cristianismo --trinidad y encarnación (pero, y ése es su peculiar marchamo, unidos, de algún modo identificados, no meramente superpuestos)--, sino también por desentrañar las consecuencias de los mismos desde el punto de vista de nuestra concepción del ser humano, su historia, sus tareas, sus deberes. Obra más madura que las anteriores de Jabier Pikaza, acércase este libro más a una unificación de las dos perspectivas, la intradivina y la presencia de Dios a su creación. No plantea todos los espinosos problemas filosóficos que ello suscita, ni creo que logre soluciones cabalmente esclarecedoras a los problemas que sí plantea, pero va enhebrando una fascinante serie de cuestiones y va esbozando --a veces sólo vislumbrando, oteando-- apuntes para soluciones que, de poder articularse de manera filosóficamente más satisfactoria, más sistemática, constituirían, juntos, algo tan hondamente satisfactorio como sería el, hasta donde cabe, desvelar el misterio y, con ello, brindar una comprensión de la teolatría cristiana como quizá no ha habido ninguna otra.
Para Pikaza, la perspectiva que une Trinidad y Encarnación hace entrever una comprensión de Dios como comunidad, una comunidad profundamente enraizada en su obra, entitativamente solidaria con ella, abriendo así también para lo humano una tarea comunitaria que rebase todos los particularismos y exclusivismos. Conocedor a fondo de los griegos (refiérome a los autores greco-bizantinos y a quienes pertenecen a esa misma tradición de la ortodoxia bizantina), con ellos discute esforzándose por entender y apreciar con simpatía su rechazo del «Filioque» latino. No otorgando a las fórmulas más valor del que tienen, intenta perfilar una comprensión de los problemas en la que las formulaciones, sin venir desechadas, queden reducidas a lo que son, momentos, congelaciones transitorias de un pensamiento en despliegue que brota de un hontanar que no se agota en ninguna de ellas. Es clara en eso y en muchas otras cosas la huella de Hegel, que nuestro autor se complace por lo demás en reconocer, no sin distancia crítica.
La crítica al racionalismo hácela Pikaza señalando que es más lógico sobrepasar las estrecheces racionalistas y estar atentos también a otras vivencias humanas. Pero --cabe objetar--, si otra postura es más lógica que lo que se llama racionalismo, ¿merece éste tal denominación?
Quizá sea ése uno de los puntos débiles de este libro, o de sus insuficiencias. El diálogo anunciado y emprendido con la filosofía ha quedado un poco truncado porque no se ha llevado a cabo un esfuerzo más a fondo para ver las cosas en la perspectiva de un racionalismo más amplio, matizado y flexible que ése que Pikaza llama así, un racionalismo que opere con algo como lo que Pikaza concibe como una lógica comunitaria frente a la lógica del aislamiento y de la lucha. Por la senda de sus reflexiones acerca del Parménides platónico --quizá también a través de un intento todavía más a fondo, por meditar en torno a la tradición cristiana griega y oriental-- podría nuestro autor, en futuros aportes, dar ese paso que todavía le falta. Si se me permite la sugerencia, tal vez ganaría mucho su empeño si, en lugar de centrarse unilateralmente en Calcedonia, dedicara unos años a reflexionar sobre Éfeso. (Aunque me parece que los lineamientos de este libro ya marcan --con respecto a otros anteriores de Pikaza-- un cierto cambio de actitud, abriendo la puerta a un acercamiento a las concepciones de los alejandrinos.) Acaso esté ahí ese eslabón que falta para que esta gran empresa teológica de Pikaza llegue a ser a la vez una historia (o una cosmología y antropología) de Dios y una teología de la naturaleza y del hombre.
Voy a dedicar toda la parte final de este comentario a discutir dos puntos del enfoque propuesto en el libro. Pikaza, por experiencias personales en parte, está muy atento a qué quepa aprender de las concepciones teolátricas de la América precolombina; está bien, pero no aprecio una similar actitud hacia otras concepciones que igualmente ofrecerían un interés de esa misma índole, como los politeísmos antiguos, el hinduismo, las religiones africanas; al revés, en la medida en que se refiere a algo de eso parece más bien adherirse a una vieja actitud de recalcar las divergencias entre el cristianismo y concepciones así; actitud que, por razones de controversia o apología, fue comprensible en su momento; pero vino superada ya en un sector de la Patrística.
Paso así a mi segunda y última observación. Refiérese a si --como parece sugerirlo Pikaza-- lo más importante que cabe realzar, frente al marxismo, desde un punto de vista teísta es el valor de la persona humana individual. Mucho de lo que dice Pikaza sobre el marxismo constituye una reflexión profunda, valiosa, interesante, pero no creo que sea precisamente acertado aseverar --o sugerir-- (p. 225) que el fallo principal de Marx haya estribado en olvidar `la importancia de la propia realización personal, como proceso de autocontrol y creatividad, como esfuerzo de realización vital, de dominio, libertad y entrega'. Dejando aparte lo del dominio --que quizá se conecte con una actitud a mi juicio demasiado benévola de Pikaza para con algunas de las ideas de Nietzsche--, seguramente Marx habría estado de acuerdo con Pikaza en todo eso, pues la concepción de Marx es mucho más individualista de lo que suele creerse. (Ha de serlo. Marx no reconoce la realidad de las colectividades ni de nada transindividual.) Y, a juicio del reseñante, es eso lo que tiene de erróneo. Quizá lo que olvidó Marx --y lo que falta, o no está claramente realzado, en Pikaza-- es una concepción mucho más de veras comunitaria del ser humano, una realización vital en la que lo individual venga transcendido, sin quedar anulado, una realización que no es propia sino común. Sospecho yo que el ateísmo nominal de Marx tiene algo o mucho que ver con dos graves limitaciones de su pensamiento (y hablo de limitaciones desde el punto de vista de aquello que aspira a ser su construcción doctrinal: una fundamentación teorética del comunismo).
Vale la pena decir aquí unas palabras más acerca de esta cuestión del individualismo --o, si se quiere, el personalismo (aunque bien sé que quienes adoptan esta última denominación rechazarán que la misma sea equiparable por su significado a la primera. Sabido es que J. Stuart Mill se percató de que la felicidad únicamente se alcanza --si es que, y en la medida en que, se llegue a alcanzar-- no siendo buscada, sino como resultado de la búsqueda de otros fines. Más en general, John Elster ha hecho de consideraciones así el eje de toda su temática y su teoría de la no-racionalidad en Sour Grapes (trad. castellana: Uvas amargas, Península, 1988). Para Elster casi todo lo importante es un subproducto y, a fuer de tal, imposible de conseguir cuando se pretende precisamente lograrlo. Ahí están paradojas como la de tratar de ser espontáneo: si se consigue, ya no se es espontáneo --luego no se consigue. Yo creo que son inaceptables las conclusiones que saca Elster de todo eso, pues desembocan en un irracionalismo práctico; y en algunas de tales paradojas por lo menos vale más buscar una solución contradictorial: la espontaneidad reflexiva, deliberada, es y no es espontaneidad, pero eso no quita para que pueda ser más valiosa que una espontaneidad mayor pero a ciegas, involuntaria. Sea todo eso como fuere, es un hecho que la vida está llena de paradojas así. Paréceme que la enseñanza de Jesús está más que ninguna otra plagada de esas contradicciones (sólo que son contradicciones verdaderas): los últimos, los primeros; el más grande, el más pequeño; el líder, un servidor de los demás. Sobre todo, estas célebres frases de Marcos 8, 35: `Quien quiera salvar su propia vida, la perderá, al paso que quien pierda su vida en aras de mí y de la buena nueva, la salvará'.
Pues bien, consideraciones de tal índole pueden ilustrar el problema de la realización personal. Por su nominalismo e individualismo metafísico Marx no alcanzó a ver esa paradoja de que la mayor o más genuina realización de la persona individual se consigue cuando --y en la medida en que-- lo que uno se propone, siendo el bien común, el bien de la comunidad, no contempla esa misma autorrealización personal. Precisamente una consideración así es algo que puede aportarse desde un punto de vista cristiano, y me hubiera gustado que lo hiciera Pikaza, en lugar de reiterar el consabido alegato de que el marxismo no otorga bastante espacio al proyecto de realización personal.
Ninguna de esas críticas ha de hacer olvidar la excelencia y el gran valor del libro aquí comentado. Lo que nos ofrece Pikaza es profundo, genuinamente meditado y estimulador de un ulterior diálogo entre teología y filosofía.

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Evangelio Misionero del Día: 05 de Julio de 2008

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 14-17

Se acercaron los discípulos de Juan Bautista y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?»
Jesús les respondió: «¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!»


Reflexión

Nunca las prácticas o ritos religiosos, por si solos, han llevado a la purificación real del hombre, ni en su dimensión personal, y menos, en la faz social. Lo que no quita mérito, ni mucho menos, que las prácticas piadosas y rituales, sean recursos que disponemos para una preparación interior de un hecho que está por venir.
Éste debe ser un gran llamado de atención para todos los fieles cristianos, ya que en algunas ocasiones, nos apartamos del presente urgente, que la Misericordia manifestada a través del mundo, se nos muestra a cada instante de nuestra existencia. Jesús nos enseña que el Reino de Dios está viniendo, que en su encarnación, la presencia del Padre esta ocurriendo, en el aquí y ahora. Toda preparación es necesaria y elemental, hasta inevitable, pero no podemos vivir preparándonos, no debemos convertir en fin mismo, lo que es solo un medio para llegar.
Dios se hace humano y se queda entre nosotros, en nosotros mismos y en nuestros hermanos. Ése es el motivo fundamental, por el cual Cristo nos enseña que debemos alternar en nuestras vidas, la oración con el apostolado, retroalimentándose ambas continuamente. No se trata de caer en estériles discusiones sobre elegir contemplación o acción. Jesús nos dice: “Oración y Acción”. Sino, es como caer en el fariseismo o en la subversión de los grupos radicales, que intentó corregir. Se trata de vivir y hacer experiencia de lo vivido, más allá de lo simplemente anecdótico. Es aquí donde debemos ordenar nuestro Amor, como decía San Agustín, y ponernos a disposición del Señor.
Cuando Él lo considere necesario, será momento para realizar ejercicios espirituales, convivencias, reuniones de grupos, capacitación, etc., donde nos fortaleceremos internamente en nuestra relación con Dios, nos motivaremos e intentaremos descubrir su voluntad, y sobre todo, ejercitar nuestra disponibilidad para responder al llamado, que en un contexto histórico y emergente, se renueva constantemente, cambiando de instancias, lugares y afectos. Y en otros momentos, el Señor dispondrá que nuestras inútiles manos, comiencen a moverse para poner en movimiento su Gloria en este mundo.
El evangelio debe encarnarse en nuestras entrañas y aflorar en Amor hacia nuestros hermanos. La Caridad de Cristo es urgente. Y allí debe surgir el afán por dar a conocer a Jesús, desde el testimonio que surge a través de nuestras actividades apostólicas. El servicio gratuito y desinteresado al prójimo, es la mejor manera de ser puente al Corazón de Jesús. Cuidando al enfermo, dando de comer al hambriento, cobijando al desprotejido, visitando al solitario, enseñando al que ignora, arengando al desanimado, proveyendo medios en las comunidades para un mejor acercamiento al misterio de Cristo (liturgia, sacristia, ministerios, etc.), o cualquier otra respuesta cristiana que Jesús suscite en nuestro caminar, todo ello puesto en marcha, gracias a la preparación y contemplación anterior, a la cual, volveremos, cuando nuevamente el Señor lo crea conveniente, para revisar, reafirmar o cambiar de rumbo. Es una dialéctica entre la oración y la acción. No hay detrimentos. Lo que hay, y es necesario, un crecimiento entre ambas, lo que conlleva a una maduración espiritual e integral, por parte nuestra.
El día de hoy lo dediquemos a descansar en la certidumbre de que Jesús está con nosotros y eso debe inspirar nuestra alma a disfrutar de su presencia, provocando una conversión continua, en orden a la Voluntad del Padre.

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Pongamos en nuestra mente alguna persona que le dedicamos algún tiempo dentro de nuestro Apostolado y nos preguntemos ¿Puedo verlo a Cristo en esa persona?

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viernes 4 de julio de 2008

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: "Darwinismo social"



El inglés Herbert Spencer, uno de los primeros sociólogos de la historia, en su obra “La Estática Social” (1851), y en otros escritos, defendió la competencia como un medio para la evolución, la prosperidad y las libertades individuales en la sociedad; esta teoría clasificaba a los grupos sociales según la capacidad para dominar la naturaleza. Según Spencer, las personas que alcanzaban riqueza y poder eran consideradas las más aptas, mientras que las clases socioeconómicas más bajas, eran las menos capacitadas. Con la publicación de “El origen de las especies por medio de la selección natural” (1859), y “La descendencia humana y la selección sexual” (1871) de Charles Darwin, obras que conmocionaron el mundo, los seguidores de esta teoría tuvieron más elementos para defenderla, darla a conocer y presentarla como el camino hacia la prosperidad de los pueblos. A esta tendencia ideológica se le llamó el Darwinismo Social.

Estamos hablando de una de las corrientes que sirvió y sirve como base filosófica para el imperialismo, el racismo, el fascismo, el capitalismo y otros ismos que consumen vorazmente la humanidad, como el nazismo de Adolfo Hitler quien la empleó para justificar la promoción a muerte de una “raza superior” que debía dominar al mundo. Creo que no es necesario mencionar las consecuencias de las pataletas de este “niño malcriado”, como creo que tampoco es necesario hablar de las consecuencias del neoliberalismo salvaje y otros engendros de nuestro tiempo, cuyos defensores, impulsados por el Darwinismo social, se creen poseedores de la verdad, con la plena potestad para invadir, masacrar y arrasar con todo, porque su cultura y su sangre, así como su doctrina, son superiores. Según ellos, lo que hacen es apenas lógico y totalmente justificable; al fin de cuentas lo que hacen es liberar al mundo del terrorismo, del eje del mal, del error doctrinal o del imperio del relativismo.

Darwinismo Social es un concepto de la modernidad, pero una costumbre de épocas viejas. En tiempo de Zacarías (1ral lect.), después del exilio en Babilonia, todo el pueblo quería la reconstrucción, pero había dos corrientes: una liderada especialmente por Esdras y Nehemías, centrada en el poder del monarca, su cohorte y la pureza de la raza, y otra impulsada por las aspiraciones de las comunidades que intentaban reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. Frente a los promotores de la monarquía y de líderes al estilo de guerreros triunfadores como David, o diplomáticos equilibristas como Salomón y demás reyes de Israel o de Judá, Zacarías, que representaba los intereses de las comunidades, propuso un líder para encaminar la nación por los rumbos de justicia, paz y solidaridad. Éste líder no se caracterizaba por la capacidad de imponer sus ideas y aplastar a sus opositores, sino por una vida sencilla, justa, modesta y pacífica. “¡Alégrate, ciudad de Sión! ¡Grita de júbilo, Jerusalén! Mira a tu rey que viene a ti defendido por Dios y victorioso, humildemente montado en un asno, en la cría de un animal de carga.” (Za 9,9)

Así mismo, en tiempo de Jesús la política de “La Pax Romana” (otro nombre del “Darwinismo social”) era el pan de cada día. Los romanos y sus aliados devoraban al pueblo; frente a ellos, los rebeldes celotas esperaban un Mesías guerrero al estilo de David que impusiera orden para todos. Según ellos tenían que usar la fuerza para liberar a Israel. Jesús no fue un pacifista romántico ni un engañador que prometiera el premio celestial a una vida resignada con la cabeza gacha. Su propuesta del Reino de Dios era precisamente la liberación de todo tipo de esclavitud y la vida en la plena libertad al interior y exterior del ser humano, propuesta que extendía para todos los seres humanos. Pero la realización de ese proyecto tenía que hacerse por medios pacíficos y procesualmente, como el grano de mostaza o la levadura en la masa (Lc 13,18-21), no con la violencia, el poder y la imposición de su voluntad.

La propuesta de Jesús no la aceptaron ni los celotes por pacífica, ni las autoridades judías montadas en su curubito de poder, aliadas con el imperio, que se valieron de todo tipo de artimañas para desprestigiarlo y perseguirlo hasta verlo colgado en el ignominioso madero de la cruz. Ellos tenían en sus manos la política, la economía, la religión y el conocimiento; eran los doctos, los sabios y entendidos, los altos dignatarios, los sagrados y puros ministros, la raza especial, la casta privilegiada, la gente bien, las buenas familias; pero Jesús desenmascaró su hipocresía y los llamó “raza de víboras, sepulcros blanqueados, manipuladores de la conciencia, usurpadores de la llave del saber, guías ciegos, saqueadores de los bienes ajenos”, (Lc 7,52; Mt 12,34. 23,13ss). La reacción de éstos “sabios y entendidos” no se hizo esperar y por eso se encargaron de desprestigiarlo: primero porque era un campesino provinciano (Jn 7,41), luego lo acusaron de violar el sábado (Mc 2,23-27), de ser un blasfemo (Mc 2,7), de engañar a la gente, de ser un impostor y embaucador, creíble sólo para los ignorantes y malditos que no conocían la ley (Jn 7,46-49). Finalmente dijeron que estaba poseído por Belzebú, el príncipe de los demonios (Mc 3,22).

Afortunadamente hubo gente que atendió el llamado y siguió sus pasos. Gente sencilla, de mente y corazón abierto, con o sin conocimiento intelectual, con o sin dinero, de dentro o de fuera, pero todos cansados y agobiados al ser testigos de las injusticias y del dolor propio o ajeno. Quienes atendieron a su mensaje fueron en su mayoría quienes no eran invitados al banquete del mundo y descubrieron que en vez de buscar ser invitados a dicho banquete, debían hacer el propio con los medios que tenían e incluir a todos los marginados. Quienes estuvieron dispuestos a ponerlo todo al servicio del Proyecto, y asumir el yugo liberador de Jesús: el trabajo por el Reino.

Vale la pena aclarar que, el camino de Jesús no es un total rechazo a toda forma de organización o a todo tipo de estructura; el camino de Jesús implica ponerse el yugo, así como el buey, para arar la tierra y hacerla producir, pero en libertad. Un yugo liberador es un trabajo comprometido por el Reino, un yugo liberador implica, esfuerzo, sacrificio, entrega, pero nunca esclavitud ni sometimiento al imperio del mal. El yugo de Jesús es liberador y por tanto llevadero y su carga es ligera.

¿A qué grupo pertenecemos? ¿Le jugamos al Darwinismo Social en sus múltiples presentaciones? ¿Será compatible el Darwinismo Social con el Reino de Dios? ¿Estamos dispuestos a ponernos el yugo de Jesús? Los seguidores de Jesús tenemos que ser, como Él, mansos y humildes de corazón. Evitar la embriaguez que dan el poder y el dinero, y no dejarnos engañar por ilusiones segregacionistas del mundo presente. Con el Espíritu de Jesús (Rom 8,9.11-13 – 2da lect.) tenemos que ser capaces de dar muerte al pecado para tener vida en Él y así ser testigos de la revelación de Dios en el día a día, comprometidos con su causa.

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